Marriage Story (2019)

El tiempo lo destruye todo, y lo que no destruye lo transforma de manera irremediable. Si tomamos como ejemplo la evolución de ese cuerpo que habitamos hasta la muerte, encontraremos que al igual que nuestras convicciones, anhelos y creencias, el cuerpo es moldeado y remoldeado una y otra vez por las manos del tiempo. El resultado de esto es que en el transcurso de nuestra vida no somos un solo ser humano, sino millares de individuos con ciertas similitudes pero con diferencias fundamentales que harían incompatible, por ejemplo, la amistad de un hombre de setenta años con la versión adolescente de sí mismo. Es por esto que la idea de un compromiso inquebrantable y eterno entre dos individuos cuya naturaleza es el cambio constante, se muestra muchas veces como una imposibilidad casi biológica. La muerte del amor es a final de cuentas una de las tragedia más grandes del ser humano, pero también una de las más comunes.

Después del éxito crítico de The Meyerowitz Stories, el director neoyorquino Noah Baumbach decidió aprovechar una vez más la libertad creativa que había conseguido con NETFLIX para dirigir Marriage Story: un potente autoexorcismo del proceso de divorcio que Baumbach vivió en el 2013 junto a la actriz Jennifer Jason Leigh, justo cuando estaba a punto de estrenar la que sería su obra más conocida hasta el momento, Frances Ha, que coescribió junto a quien ahora es su pareja sentimental, la actriz, guionista y directora, Greta Gerwig.

En Marriage Story Baumbach deja de lado su tortuoso triángulo amoroso con Jason Leigh y Gerwig, para concentrar la narrativa del filme en la descripción de los mecanismos de destrucción sistemática del amor que conlleva la separación legal de un matrimonio, y al mismo tiempo ahondar con brillantez inusitada en el aparente sinsentido de seguir amando profundamente a alguien a quien odias.

Formidable duelo de actuaciones que nos remite a algunos de los tratados cinematográficos más notables que se han filmado sobre el matrimonio –véase Kramer vs. Kramer, de Robert Benton, o Scenes from a Marriage, de Ingmar Bergman (a la que Baumbach hace referencia explícita en más de una ocasión dentro del metraje)– Marriage Story nos presenta a dos personajes que a pesar de funcionar dentro de los arquetipos clásicos de su género (la actriz de teatro que se percibe menospreciada, desgastada e incapaz de triunfar; y el marido director de teatro que se percibe a sí mismo como genial, mientras ve a su pareja como una herramienta talentosa pero imposibilitada para la independencia), nos resultan interesantes por la forma en la que Baumbach los conduce por las diferentes fases de un epílogo amoroso en el que la nostalgia de la felicidad pasada, y el inevitable dolor de ver cancelada la promesa de una familia feliz, devienen en una explosión emotiva que conecta de lleno con las bellas y terribles incongruencias emocionales de cada espectador.

Esa colisión amorosa, que con uñas y dientes intenta rescatar los restos de un amor que a pesar de continuar existiendo lo hace bajo una nueva forma que a los protagonistas les es irreconocible, está aderezada con grandes dosis de humor que en ningún momento merman el drama central de la historia, y que por el contrario dotan de verosimilitud a la cotidianidad de esos personajes que viven, como nosotros, en un mundo en el que la solemnidad coexiste en todo momento con la alegría y el ridículo.

Las brillantes actuaciones de Scarlett Johansson y Adam Driver –la primera desde una contención emocional formidable que recurre a un trabajo facial fuera de este mundo, y el segundo desde una imponente presencia física– se complementan con el trabajo histriónico de Laura Dern y Ray Liotta, quienes al borde de lo caricaturesco interpretan de forma brillante a los dos híbridos de humano y chacal que fungen como los abogados de cada uno de los miembros de la pareja, que con sus testimonios construyen una parte crucial del filme en la que Baumbach representa, a partir de finos retablos de humor, el grotesco laberinto legaloide al que deben someterse los divorciantes para concluir su proceso dentro del marco legal estadounidense.

Al principio suena ridículo decir que Marriage Story es una “celebración del amor” como reza su campaña publicitaria, sin embargo, una vez concluido el filme entendemos que el tortuoso y violento proceso al que se someten los protagonistas no es más que la puerta a un nuevo futuro común en cuyo centro se encuentra su pequeño hijo. Al terminar el filme los dos han dejado de ser los mismos que comenzaron el proceso de divorcio, y la celebración de su amor ocurre en la memoria de algo que alguna vez fue. Un recuerdo que puede dispararse, gozoso, con la tonada de una canción, con la lectura de una carta, o con la imagen de dos manos atando unas agujetas.

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