No puedo iniciar el análisis de esta cinta sin que en mi mente se repita incansablemente la palabra “inteligencia”, ya que leer y releer los diálogos que Buñuel escribió para Simón del desierto es una tarea de auténtico goce intelectual y emocional. El maravilloso relato que el director español más mexicano de la historia hace, tomando como punto de partida las vivencias documentadas de un santo anacoreta que habitó Antioquía a mediados del siglo VI, de nombre Simeón Estilita “el joven”, no a confundir con Simeón Estilita “el viejo”, consigue construir, en apenas 45 minutos de metraje, una de las más brillantes reflexiones acerca de la estructura de la religión occidental y la influencia que ésta tiene en la sociedad.
A veces comedia, a veces drama, pero siempre realidad, el filme cuenta la historia de Simón, hombre santo que pasa sus días subido en la cúspide de una columna, dedicado enteramente a la contemplación y a la meditación en torno a Dios y sus misterios. Inmerso en una constante batalla con las necesidades biológicas de su cuerpo, Simón apenas come una lechuga a la semana y toma alguno que otro sorbo de agua, abominando en todo momento el amor por los bienes materiales y transformándose, gracias a su ascetismo, en el estandarte de una devota orden religiosa.
La relación entre Simón, personaje al que da vida Claudio Brook en una de las mejores actuaciones de su carrera, y su devota congregación, así como la lucha que sostiene a lo largo de todo el filme contra las tentaciones de un sensual Satanás interpretado por la entonces despampanante Silvia Pinal, dan pie a una serie de intensas reflexiones acerca de las normativas que fundamentan la religión católica, el constante conflicto entre la fama y la conservación de los ideales, e incontables cuestionamientos acerca de las taras que como sociedad cargamos desde siglos atrás.
La brillante exposición filosófica que Buñuel realiza durante la película, multiplica su impacto al supeditarse a un estilo narrativo que analiza temas de innegable trascendencia y seriedad desde un punto de vista satírico e irónico, el cual provoca esa risa cargada de inteligencia que cada vez se ve con menos frecuencia en la producción cinematográfica actual, eliminando por ende el halo de burdo adoctrinamiento en el que fácilmente podría haber caído el filme de haber sido compuesto a través de la más absoluta seriedad.
De vista obligada para cualquiera que sienta amor por el cine, Simón del desierto, a pesar de no ser una de sus más exitosas, es una de las películas más perfectas que le brindó Buñuel a la humanidad a lo largo de toda su carrera, contando, por si fuera poco, con la participación del extraordinario fotógrafo Gabriel Figueroa, a quien se le deben prácticamente todas las composiciones visuales que pueden disfrutarse en la cinta.
Es imposible realizar una disertación sobre Simón del desierto sin hablar de su extraordinario final. Un giro de tuerca que no desmenuzaré por respeto al lector, pero que constituye indudablemente una de las secuencias más impredecibles, demenciales y geniales que se han filmado. Una conclusión que deja en claro la valentía y el absoluto control creativo que Buñuel ejercía dentro de sus películas y cuya vertiginosidad narrativa deja al espectador en estado de shock hasta mucho después de la conclusión de la cinta.
Valiente, divertida y brillante, Simón del desierto es un hito en la historia de la cinematografía mundial, erigiéndose como el filme más libre de Buñuel después de Un chien andalou y definiendo la línea que separa al buen cine de la genialidad.