Museo (2018)

“¿Para qué arruinar una buena historia diciendo la verdad?”. La frase lapidaria con la que el director mexicano Alonso Ruizpalacios concluye su reinvención del célebre robo al Museo de Antropología de la Ciudad de México, planeado y ejecutado en 1985 por dos jóvenes estudiantes de veterinaria oriundos de Ciudad Satélite, nos remite a la casi irrefutable noción de que la Historia (así, con mayúscula) de la humanidad está compuesta a partir de retazos de realidades y verdades a medias, que se entretejen en un grotesco amasijo cuyo objetivo primordial es la obsesiva creación de héroes y villanos monocromáticos. En esto concuerdo con él, y creo que no es ninguna novedad.

Sin embargo, es con esa frase que Ruizpalacios intenta también justificar la elección de tergiversar un hecho histórico bastante documentado en pos de una visión artística. El problema es que para que el trasfondo de esa frase se cumpla a cabalidad, la visión ficticia “artística” debería ser superior al hecho histórico, ya sea en profundidad narrativa, en complejidad de desarrollo de los personajes, o en última instancia en entretenimiento puro y duro. Después de ver Museo, mi pregunta sería: ¿para qué arruinar una buena historia inventando una mediocre?
Cuando uno lee lo que ocurrió durante los cuatro años que transcurrieron desde el robo de las 140 piezas prehispánicas hasta su eventual descubrimiento, y confronta esa compleja historia de azar, estupidez, ilegalidad, amor, vedettes, narcos y droga, con el ramplón desarrollo argumental de Museo, en el que esos cuatro años frenéticos se comprimen en lo que pareciera ser una semana de desenfreno de dos jóvenes idiotas, cuyo único trasfondo filosófico radica en la conceptualización del pillaje como acto fundacional del sistema museográfico mundial (cosa cierta, que creo que a nadie sorprende), el desencanto es inevitable.
Irreconocible queda el genio del director que hace cuatro años nos regaló Güeros –una de las cintas mexicanas más sobresalientes de esta década– quien a pesar de repetir mancuerna con el talentoso fotógrafo Damián García, muestra una nula intencionalidad estética que sorprende por no ser siquiera capaz de rendir un digno homenaje al portento arquitectónico que es el Museo Nacional de Antropología, y cuyos únicos intentos por alejarse del encuadre narrativo funcional son una serie de homenajes, casi siempre lamentables, al cine mexicano de finales de la década de los setenta –véase la penosa secuencia de la pelea en el congal.

Por momentos pienso que no quiero vapulear tanto a la película, pero al analizar por separado los elementos que la componen me percato de que nada funciona como debería. El reparto es una desgracia –que Gael García interprete a un veinteañero es ya de por sí ridículo, pero la elección de Leonardo Ortizgris como su comparsa en clave de niño lelo es una cosa casi insoportable de ver– el guion adolece de diálogos profundamente antinaturales –véase la terrible secuencia inicial a la Guillermo Tell– y la estructura narrativa es por momentos de pena ajena –véase el climax de la cinta con la máscara de Pakal en la vitrina y la posterior aprehensión: momento de risa loca en el que, por si fuera poco, Ruizpalacios se avienta la puntada de decirnos “¿ya ven? para qué quieren que les cuente la historia real si les puedo contar esta fregonería”.

Es ese cúmulo de problemas el que convierte en un misterio inexplicable el premio a mejor guion del festival de Berlin, y la euforia de varios críticos mexicanos en torno a la película. Bueno… es cierto… la única explicación es que yo sea el que está equivocado. Véanla y juzguen ustedes mismos.

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