Kill List (2011)

Después del desaforado y poco previsible horror al que Ben Wheatley ha sometido a su público durante casi hora y media de metraje en Kill List, apenas su segundo largometraje después del drama criminal Down Terrace, la acción se funde súbitamente a negro y, sin transición alguna, en blancas letras mayúsculas que llenan por completo la pantalla, aparece, brillante y aterradora, la siguiente leyenda: “THE HUNCHBACK”. Es ahí cuando la biología del espectador toma el control y descarga un poderoso escalofrío ante lo que se avecina, y sí, aún ahora que recuerdo ese brillante golpe efectista que da inicio a la última secuencia de la cinta, no puedo evitar estremecerme.

Es esa tipografía blanca e intrusiva la que, a lo largo de todo el filme, ha ido revelándole al espectador los miembros de una muy particular lista, entregada desde el inicio de la película a los dos personajes protagónicos, ambos ex combatientes de la guerra de Irak y amigos, los cuales son contratados por unos sórdidos personajes para asesinar a todos y cada uno de los integrantes de la mencionada lista. Lo que el par de asesinos a sueldo no sabe es que éste no es un trabajo de rutina como los que ya habían realizado con anterioridad, ya que cada una de las víctimas les irá descubriendo poco a poco una laberíntica trama infernal de la que cada vez les será más difícil escapar.
Kill List es una película con dos cualidades extraordinarias, las cuales hacen funcionar un guión al que siendo estrictos se le podrían objetar bastantes cosas. Dichas cualidades son, por un lado, las impecables actuaciones de Neil Maskell y Michael Smiley, quienes dan vida de forma inmejorable a la perturbada pareja de asesinos a sueldo, y por otro lado la soberbia atmósfera que el director Ben Wheatley consigue crear, a partir de un conjunto de misterios que se dosifican a cuentagotas durante el metraje, potenciados con una de las bandas sonoras más escalofriantes que he escuchado en tiempos recientes, a cargo de Jim Williams, para finalmente mezclarlo todo a través de una edición absolutamente frenética que le impide saber al espectador si lo que ve en pantalla es (con suerte) en parte real y en parte una horrenda pesadilla creada por la mente del desequilibrado personaje principal, o (si no hay tanta suerte) todo el relato sucede dentro de los límites de la realidad, mostrando una de las muecas más perversas de la psique humana.

Kill List concluye en un océano de dudas que han dado como resultado interminables discusiones bizantinas a lo largo y ancho de la red, las cuales desgranan la trama e inventan teoría tras teoría, sin conceptualizar que el gozo supremo detrás de ese primer encuentro con el filme es precisamente el hecho de terminar en las tinieblas, en la más absoluta oscuridad narrativa, y al mismo tiempo haber asimilado un logradísimo cúmulo de atmósferas y sensaciones que estimulan la mente y el cuerpo del espectador, a tal grado que es imposible no caer presa de ese horror visceral y primario, rara vez ejecutado con tanta maestría, y al mismo tiempo sentir una profunda admiración ante el manipulador espectáculo montado por Wheatley.

Clásico instantáneo, Kill List ha triunfado gradualmente gracias a las recomendaciones boca a boca de los cinéfilos, muchos de los cuales han encumbrado a esta cinta ya al nivel de obra de culto y han puesto la mira en Ben Wheatley, quien después de escribir y dirigir esta brutal experiencia ha cambiado su registro hacia la comedia con su nueva obra, Sightseers. Sea como sea, este británico ha conseguido ya dar vida a una de las mejores películas de terror del siglo XXI, y eso, queridos lectores, no es poca cosa.

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