El Chrysler 300: Chuy y Mauricio (2008)

A reserva de hablar en otro texto, con mayor profundidad, sobre el fenómeno del neo narcocine en México, los datos duros hacen evidente el hecho de que actualmente existe una explosión cultural extremadamente intensa asociada al fenómeno narco, ubicado al sur de los Estados Unidos y en casi todo el territorio mexicano. Manifestaciones culturales que se exhiben principalmente a través de la vestimenta, la música y el cine, representándose este último mediante la injustamente denostada figura del videohome: cintas filmadas en formato digital, cuyos costos oscilan entre los 40,000 y 50,000 dólares, y que se distribuyen con muchísimo éxito, ya sea en los mercados informales de México o en las tiendas departamentales del sur de Estados Unidos.

Dentro de la frenética línea de producción del videohome, algunos de sus exponentes más llamativos se convierten en películas legendarias con un nivel de audiencia desmedido. Tal es el caso de El Chrysler 300, la cinta que se alza con el título a la más redituable dentro de este género fílmico, y que, dado su éxito, se ha convertido en una jugosa franquicia compuesta ya por cinco filmes.
La cinta basa su historia en el célebre Corrido de Chuy y Mauricio, compuesto por Los canelos de Durango y popularizado por José Eulogio Hernández, mejor conocido como El potro de Sinaloa, en donde brevemente se relata la suerte de dos hombres que, a bordo de un lujoso Chrysler 300, cargado de “mota”, son asesinados por un narcotraficante rival.
La escueta línea argumental planteada por el corrido, se rellena entonces con la imaginación de los guionistas de la productora Imperial Films, quienes desarrollan una elaborada trama de amores, traiciones y venganzas, protagonizada por Chuy (Óscar López) y Mauricio (John Solís), dos compadres narcotraficantes que trabajan como mano derecha de uno de los narcos más poderosos de Sinaloa.
El metraje, que abre con una frenética secuencia de acción en la que se olvidan por completo las limitaciones presupuestales de la película, vaticina desde un inicio el terrible destino que caerá sobre Chuy y Mauricio, recurriendo, con mucha habilidad, al recurso narrativo de un constante flashback, para descubrirle al espectador la inesperada forma en la que ambos antihéroes caerán bajo las balas de sus adversarios.

Estupendamente filmada, considerando sus limitaciones presupuestales, El Chrysler 300 es un ejemplo inmejorable para validar la frase “ingenio mata presupuesto”, ya que el director Enrique Murillo consigue elaborar juegos de cámara perfectamente ejecutados, que adaptan de forma ingeniosa el estilo de directores como Guy Ritchie o Tarantino, sin caer en el tan esperable ridículo.

En cuestiones actorales el filme es extraordinario, ya que la dupla protagónica de Óscar López y John Solís, que convence prácticamente en todas las secuencias de la cinta, está aderezada por la correcta interpretación de la voluptuosa Claudia Casas, como la hija del narco antagonista de Chuy y Mauricio, y por el legendario Jorge Luke, quien se lleva por completo la película en un ejercicio de maldad y humor improvisado digno de enmarcarse.

A veces western, a veces cine noir, a veces comedia y a veces trepidante cinta de acción, El Chrysler 300 sigue siendo hasta hoy el más grande éxito comercial de la industria del videohome, y un referente obligado del llamado neo narcocine mexicano, industria que crece a pasos agigantados y que, como podrán comprobar, consigue superar en calidad narrativa y contenido a muchos de los exponentes del cine mexicano comercial contemporáneo que, a diferencia del humilde videohome, sigue siendo incapaz, hasta hoy, de entender a su público.

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