Da Sweet Blood of Jesus (2014)

Después del fracaso comercial y crítico de Oldboy –¿es acaso posible hacer un remake que supere al filme original de Chan-wook Park?– Spike Lee decidió renunciar por un instante a la tiranía de los grandes estudios hollywoodenses para embarcarse en la filmación de otro remake –esta vez financiado mediante una exitosa plataforma de crowdsourcing–, que buscaría reinterpretar Ganja & Hess: cinta dirigida y escrita en 1973 por Bill Gunn, que construía, alrededor del mito vampírico, una interesante crítica a la supremacía blanca y a las dificultades de incorporación de la cultura africana a la sociedad occidental.

La idea de una película de vampiros afroamericanos dirigida por Spike Lee se antojaba estupenda, y el proyecto, que requería 1.25 millones de dólares para ejecutarse, finalmente recaudó 1.4 millones de los aguerridos fanáticos de Lee, entre los que destacó el cineasta norteamericano Steven Soderbergh.

La potente secuencia de créditos y los primeros minutos del filme, donde se narra la conversión de un célebre antropólogo en salvaje vampiro tras ser apuñalado con una antiquísima daga del imperio Ashanti –civilización africana que desarrolló una extraña adicción al consumo de sangre humana– funcionan como una brillante pieza de relojería. Sin embargo, una vez cubierto el primer tercio de la cinta, Da Sweet Blood of Jesus –vaya título inmejorable– se transforma en un triste compendio de los aparentemente ineludibles vicios de la filmografía de Spike Lee.

Poco puede hacer el oficio histriónico de los dos protagonistas –Stephen Tyrone Williams como el antropólogo hematófilo y Zaraah Abrahams como esposa del villano que lo convirtió en vampiro– para atenuar la aberrante antinaturalidad de los aleccionadores diálogos mediante los que Lee aborda, con la sutileza de un toro en cristalería, la lucha por la asimilación de la cultura africana dentro de la sociedad estadounidense.

Fallida como drama, como crítica social y como thriller, Da Sweet Blood of Jesus se convierte, una vez terminada su exposición inicial de intenciones, en un filme profundamente moralista y tedioso; medianamente visible gracias a las brillantes composiciones visuales del fotógrafo Daniel Patterson –véase la secuencia del asesinato de la prostituta, o la alucinante escena en la que el protagonista intenta suicidarse con la sombra de una cruz– y a su estupenda banda sonora, compuesta por doce tracks que Lee escogió de un total de 800 piezas enviadas por artistas independientes como parte del proceso de crowdfunding.

Muy lejos queda ya ese Spike Lee que redefinió el cine de crítica social con Do the Right Thing! El director de Da Sweet Blood of Jesus es un hombre apasionado pero profundamente reiterativo, un hombre ansioso por transmitirle a su público el mismo mensaje de hace 25 años sin el más mínimo interés por actualizarlo. Por desgracia, lo que Lee parece no percibir es que el entorno social del mundo ha cambiado, y el otrora implacable filo de su narrativa ahora no es capaz de rebanar ni el aire.

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