Behind the Candelabra (2013)

Decir que el dinero puede ser un catalizador del amor suena a todas luces superficial y ofensivo, sin embargo, si nos adentramos en los procesos que sigue el ser humano para escoger a una pareja, queda muy claro que, tanto el poder, como el éxito social de una persona, se convierten en atractivos nada desdeñables que muchas veces dan lugar al amor como producto de un profundo sentido de admiración hacia la pareja. Si, con miras a lo anterior, se toma en cuenta que la principal medida del éxito del hombre occidental es su cuenta bancaria, entonces, esa primera frase tan ofensiva resulta, de forma un poco patética, completamente válida.

En Behind the Candelabra, joya discreta pero fulgurante con la que Steven Soderbergh se retira de forma indefinida de la dirección cinematográfica, Liberace, el virtuoso pianista de atuendos estrafalarios que revolucionó los espectáculos en el circuito de Las Vegas, pasa su tiempo libre enamorando a jóvenes efebos que caen rendidos ante la imagen del artista que, a pesar de sus más de sesenta años, es poseedor de la más extraordinaria potencia vital.

El filme escenifica el romance que tuvo Liberace con el que tal vez fue su amante más conocido, Scott Thorson, un joven homosexual que a los 17 años fue contratado por el pianista como su asistente personal, y que, impactado por el radiante mundo del espectáculo, de la riqueza y, ulteriormente, de la decadencia, sucumbe por completo ante el perverso juego de un hombre brillante, enamorado de sí mismo y adicto al placer.

Basada en las memorias que el propio Thorson publicó tras el fallecimiento de Liberace, Soderbergh construye una cinta que expone, de forma maravillosamente grotesca, los mecanismos que conectan, a través de la ingenuidad, al deseo sexual con el éxito, la fama y el dinero.

Behind the Candelabra es un trabajo sobresaliente, que expone durante dos horas el resultado de una producción obsesiva y meticulosa, la cual recrea ese fastuoso mundo de dorada decadencia en el que Liberace pasó sus últimos días, y que es filmado a través de la cámara de un Soderbergh inspiradísimo en cuestiones compositivas, apoyado en la musicalización del legendario Marvin Hamlisch, para dar como resultado una de esas experiencias fílmicas que resumen todo aquello a lo que el buen cine debería aspirar.

Las actuaciones en el filme de Soderbergh son un punto aparte, ya que el duelo histriónico que se desata entre Michael Douglas (Liberace) y Matt Damon (Thorson), es de un virtuosismo abrumador. Ese devastador romance hace pasar a sus dos protagonistas no sólo por brutales transformaciones psíquicas, sino por mutaciones físicas sorprendentes, principalmente en el caso de Matt Damon, el cual lleva a su cuerpo a extremos impactantes para la representación del papel. Y bueno, qué decir de la actuación de Michael Douglas, quien tal vez interpreta el mejor papel de su carrera, encarnando de forma absolutamente impecable a ese torbellino vital que, al abandonar el escenario, con su traje de brillantes y su candelabro, se embarcaba en una constante búsqueda de placer, una búsqueda obsesiva, insaciable y profundamente melancólica.

Tristísimo es el hecho de presenciar una película tan extraordinaria como Behind the Candelabra y asumir que el director capaz de manufacturar una pieza de cine tan reflexiva, sobresaliente en cuestiones técnicas y equilibrada, ha decidido retirarse de la creación fílmica. Después de ver esta cinta hay que brindar por Steven Soderbergh y guardar la copa, esperando que en algún momento podamos sacarla de nuevo para brindar, una vez más, por su regreso.

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