A pesar del penoso estado en el que actualmente se encuentra el cine mexicano, carente de ideas, de frescura y de ambición, hubo una época, que por desgracia cada vez se mira más lejana e irrecuperable, en la que una serie de genios extraordinarios consiguieron transformar a México en una potencia cinematográfica, galardonada y reconocida internacionalmente a lo largo de un glorioso momento histórico ubicado entre 1936 y 1957, conocido como la época de oro del cine mexicano.
Sebastián Vega del Amo, quien participó como director de fotografía en la famosa Sexo, pudor y lágrimas, y que desde entonces se ha mantenido en el anonimato, decidió revivir a la figura de Orol a través de una cinta de ficción en la que presenta, con base en datos biográficos reales del mítico director, aderezados con una buena dosis de invenciones y licencias narrativas, el interesante devenir de la vida de este hombre que actuaba, dirigía, producía y escribía todas sus obras, viviendo permanentemente obsesionado con el éxito, con sus actrices, a las cuales desposó una tras otra, y con el drama inherente a las historias de mafiosos, cargadas siempre con mucho romance y mucha violencia.
Planteada en sí misma como una cinta dirigida por el propio Orol, El fantástico mundo de Juan Orol funciona como una especie de autobiografía del controvertido autor, exhibiendo, conforme se cuenta la historia, todos y cada uno de los estilos narrativos que lo caracterizaron a lo largo de su prolífica carrera (casi 60 filmes), sin pasar por alto los surreales errores de continuidad, productos del vertiginoso esquema de filmación y del paupérrimo presupuesto, de los que Vega del Amo se vale para dar un toque cómico acertado y efectivo al metraje.
Con un reparto plagado de interesantes cameos de figuras de la actuación mexicana contemporánea, así como de leyendas de la talla de Tongolele o Zamorita, El fantástico mundo de Juan Orol triunfa gracias a la interpretación de Roberto Sosa, gran actor al que hacía mucho tiempo no veía en un papel decente, quien se adueña de los gestos y manierismos de Orol, interpretándolo desde su juventud hasta su vejez, siempre inmerso en ese mundo surrealista que Vega del Amo construye en una clara exhibición de sus capacidades como fotógrafo.
A pesar de su nefasto título, El fantástico mundo de Juan Orol es una cinta disfrutable, que ubica al espectador en la efervescencia mexicana del siglo pasado y que revive la leyenda de un hombre que pasa a la historia como un antihéroe del arte, como el maravilloso contraejemplo de cualquier joven cineasta y como la prueba viviente de que, en una gran cantidad de ocasiones, ser el más malo en algo llega a rendir sus frutos.